Sir Ernest Rutherford (1871-1937), presidente de la Sociedad Real Británica y Premio Nobel de Química en 1908, contaba la siguiente anécdota:
Hace algún tiempo, recibí la llamada de un colega. Estaba a punto de poner un cero a un estudiante por la respuesta que había dado en un problema de física, pese a que éste afirmaba con rotundidad que su respuesta era absolutamente acertada.
Profesores y estudiantes acordaron pedir arbitraje de alguien imparcial y fui elegido yo. Leo la pregunta del examen y decía: "Demuestre cómo es posible determinar la altura de un edificio con la ayuda de un barómetro".
El estudiante había respondido: "Lleve el barómetro a la azotea del edificio y átele una cuerda muy larga. Descuélguelo hasta la base del edificio, marque y mida. La longitud de la cuerda es igual a la longitud del edificio".
Realmente, el estudiante había planteado un serio problema con la resolución del ejercicio, porque había respondido a la pregunta correcta y completamente. Por otro lado, si se le concedía la máxima puntuación, podría alterar el promedio de sus estudios, obtener una nota más alta y así certificar su alto nivel en física; pero la respuesta no confirmaba que el estudiante tuviera ese nivel.
Sugerí que se le diera al alumno otra oportunidad. Le concedí seis minutos para que me respondiera la misma pregunta pero esta vez con la advertencia de que en la respuesta debía demostrar sus conocimientos de física. Habían pasado cinco minutos y el estudiante no había escrito nada. Le pregunté si deseaba marcharse, pero me contesto que tenía muchas respuestas al problema. Su dificultad era elegir la mejor de todas. Me excuse por interrumpirle y le rogué que continuara.
En el minuto que le quedaba escribió la siguiente respuesta: "Tome el barómetro y déjelo caer al suelo desde la azotea del edificio, calcule el tiempo de caída con un cronómetro. Después se aplica la formula altura = 0,5 g t
2. Y así obtenemos la altura del edificio". En este punto le pregunté a mi colega si el estudiante se podía retirar. Le dio la nota más alta.
Tras abandonar el despacho, me reencontré con el estudiante y le pedí que me contara sus otras respuestas a la pregunta. "Bueno", respondió, "hay muchas maneras, por ejemplo, tome el barómetro en un día soleado y mida la altura del barómetro y la longitud de su sombra. Si medimos a continuación la longitud de la sombra del edificio y aplicamos una simple proporción, obtendremos también la altura del edificio".
Perfecto, le dije, ¿y de otra manera? "Sí", contestó; "éste es un procedimiento muy básico para medir un edificio, pero también sirve. En este método, se toma el barómetro y se lo sitúa en las escaleras del edificio en la planta baja. Según se suben las escaleras, se van marcando en la pared la altura del barómetro y se cuenta el número de marcas hasta la azotea. Se multiplica al final la altura del barómetro por el número de marcas que has hecho y se tiene la altura. Éste es un método muy directo".
"Por supuesto, si lo que se quiere es un procedimiento más sofisticado, se puede atar el barómetro a una cuerda, moverlo como si fuera un péndulo y determinar el valor de g (gravedad) en el nivel de la calle y en la azotea. De la diferencia de estos valores, y aplicando una sencilla formula, podríamos calcular sin duda, la altura del edificio".
"En este mismo estilo de sistema, se ata el barómetro a una cuerda y se lo descuelga desde la azotea a la calle. Usándolo como un péndulo se puede calcular la altura midiendo su período de precesión. En fin, concluyó, existen otras muchas maneras. Probablemente la mejor sea tomar el barómetro y golpear con él la puerta de la casa del encargado. Cuando abra, decirle: señor encargado, aquí tengo un bonito barómetro. Si usted me dice la altura de este edificio, se lo regalo". En este momento de la conversación, le pregunté si no conocía la respuesta convencional al problema (la diferencia de presión marcada por un barómetro en dos lugares diferentes nos proporciona la diferencia de altura entre ambos lugares). Evidentemente, dijo que la conocía, pero que durante sus estudios sus profesores de la escuela secundaria y de la universidad habían intentado enseñarle a pensar.
El estudiante se llamaba Niels Bohr (1885-1962), físico danés, premio Nobel de Física en 1922 por sus trabajos sobre la estructura atómica y la radiación. Conocido por cualquier estudiante de la secundaria por ser el primero en proponer el modelo del átomo (átomo de Bohr) con protones, neutrones y electrones que lo rodeaban.
Posteriormente estableció una estrecha colaboración con Rutherford la cual, sostenida por firmes lazos de amistad, habría de ser tan duradera como fecunda. En torno a la figura de Bohr se constituyó la denominada "Escuela de Copenhague de la Mecánica cuántica", cuyas teorías fueron combatidas ferozmente por Albert Einstein (1879-1955), quién sin embargo reconoció en el físico danés a "uno de los más grandes investigadores científicos de nuestro tiempo".
El aspecto esencial de esta anécdota, es el comentario:
"mis profesores de la escuela secundaria y de la universidad intentaron enseñarme a pensar"
Fuente:
The School of Cooperative Individualism Posdata: Si en la secundaria te enseñaron a pensar, trata de obtener las expresiones matemáticas de la altura del edificio para las dos alternativas con un péndulo y para la que usa la sombra del barómetro.